lunes, diciembre 07, 2009

Alondra



Si quieres saber la hora exacta, la ruta para llegar a tal o cual calle, la capital de los países europeos, la sustancia activa de algún medicamento, lo que dice el Padre Nuestro, las tablas de multiplicar, el club que está de moda o la diferencia entre la democracia y el agua tibia, no se lo preguntes a Alondra. O pregúntaselo, da igual, ella sólo te mirará con sus ojos de canica acuosa y su sonrisa de mazorca tierna. Cuando alguien le hace una pregunta así de mundana, Alondra inicia el ritual: saca un Miguelito del bolsillo y lo catapulta a la boca, así, con todo y envoltura. A fuerza de masticación, los dientes triturarán el empaque, la saliva diluirá el polvo acidulado, y la lengua de Alondra hará lo que sabe hacer mejor: entregarse, que no rendirse. (Alondra no conoce la rendición. Porque no lucha, se entrega.)

Fascinada desde pequeña por los campanarios, su madre murió de un paro cardiaco cuando la miró colgada del badajo de la iglesia del pueblo, a los 3 años de edad. El padre murió de pena por la muerte de su esposa. No se entienda pena como congoja o sufrimiento, entendámosla como vergüenza, como se entiende en México, el país en el que Alondra nació y del que nunca ha salido.

"Con qué mujer tan debilucha me fui a casar", se repetía Nepomuseno Gálvez. Para él, superviviente de la guerra de los Cristeros, el valor más grande era el estoicismo, la capacidad para cargar la cruz y exhibir el calvario. Una mujer que moría por una cosa tan estúpida como ver a su criatura de tres años colgando de un badajo a veinte metros de altura, no merecía ser enterrada como una Gálvez. Que de su cuerpo huesudo se encargara su familia.

Aún despues de enterrada Aurelia Benítez, Nepomuseno se sentía señalado en sus delirios. En sus parietales rebotaban las voces que se burlaban de su elección de mujer, por no haber elegido las robustas y caderonas que le presentaban su padre y madre. Tozudo como pocos, para llevar la contra a sus padres escogió a Aurelia, una mujer con aspecto y espíritu de escoba de varas. Diligente, eso sí, pero asustadiza y frágil, de pasitos tartamudos.

Un día Nepomuseno no pudo más y se pegó un tiro. Averso a los trámites y protocolos, sencillamente tomó el revólver con el que se defendía a tiros de los rateros y se lo metió en la boca. Pum. Y así, en unos instantes Alondra ya era huérfana. Sus tías le impidieron ver el cadáver del padre. En vez de eso, la enviaron a un internado, donde las únicas cosas que aprendió a hacer bien fue a hacer pan de bola y saltar la cuerda.

Jamás se aprendió las oraciones que intentaban enseñarle las hermanas: en su cabeza las palabras se dispersaban y reagrupaban, hasta formar fábulas, notas periodísticas o recetas de cocina. Hartas de luchar por una causa perdida, las hermanas la dejaban leer en el patio, donde el papel blanquísimo le lastimaba las pupilas. Después de varios minutos de lectura apretaba los ojos bien fuerte y los colores se le agolpaban en la cabeza; colores con olor a durazno y colores que se parecían a sus malos sueños.

Perfeccionó el arte de la fuga. Le costó varios intentos infructuosos y sus respectivos castigos el alcanzar la libertad, pero lo consiguió. Conciente de los atributos que su recién llegada adolescencia le regalaba, sedujo al muchacho que limpiaba los tubos del órgano de la capilla del internado. Se pellizcó las mejillas, se subió la bastilla de la falda, entreabrió la blusa y se recogió el cabello, dejando al aire las paredes del cuello y una nuca desnudísima. El chico, inexperto en las artes amatorias, se dejó guiar hasta la panadería y la miró desnudarse, matemática y felina. "Cierra los ojos" le dijo, mientras deslizaba una mano dentro de la bragueta y la otra por los labios entreabiertos. El obediente muchacho no abrió los párpados hasta un par de horas después, cuando Alondra ya estaba en camino a la capital, después de haberle estrellado un tabique del horno en la cabeza y robado su ropa.

Alondra, ya lejos de la reclusión y de sus años adolescentes, sigue fascinada por los campanarios. Nómada en su residir, sedentaria en su pasión eterna, anda por el país trepando iglesias, capillas y catedrales. Cuando alcanza la campana, la besa y la abraza, le cuenta las nuevas como a una amiga de toda la vida, luego se come un sándwich o una manzana en su compañía. La mira durante un rato, intentando fotografiar con la mirada su textura, los olores y las imperfecciones que la hacen única. Después comienza la adivinanza: se imagina la tesitura y el timbre de la voz de su amiga hasta que no aguanta la curiosidad y la hace repicar. Y su corazón repica también, pero él lo hace como un enjambre de cascabeles rabiosos.

Alguna vez alguien intentó explicarle que el atraso de un país es directamente proporcional a la cantidad de iglesias que tiene, santuarios del miedo y de la opresión egoísta de una Iglesia (con mayúsculas) que sangra a los países del tercer mundo. Ella, indignada, se fue de la vida de ese hombre sabihondo, con el que, dicho sea de paso, ya había procreado una hija. No soportaría compartir su vida con alguien que viera en los campanarios cualquier atisbo de maldad.

(Alondra conoce tanto de política e historia como de física cuántica o filología. O menos. Pero lo sabe todo respecto a la imaginación y la capacidad de asombro: desde que dejó a aquél hombre, cada día se hace de un amante diferente, en su memoria habitan tantos temblores de labios como ecos de campanarios.)

Alondra es una mujer de principios. Pero no de finales. Las veces que asiste al cine o al teatro, siempre huye minutos antes del desenlace. No soporta que las historias concluyan, así que encuadra a los personajes en una parcela de su cabeza y ahí los deja vivir por siempre. A veces los personajes de esta obra conocen a los personajes de aquella otra y hasta han llegado a casarse y a procrear. Otras veces se odian a muerte, se ignoran, se saludan por cortesía o se hacen amigos de toda la vida. Como pasa en la vida real, esa otra vida donde Alondra no tiene más amigos que sus zapatos gastados y sus contactos en las centrales camioneras que le consiguen descuentos fa-bu-lo-sos.

Si tienes el lujo de conocerla, no le preguntes la hora exacta, el nombre del club de moda, o cómo llegar a algún lugar concreto. Mejor disfruta de su compañía, regálale un cisne de origami, coman juntos un pastel de queso y por amor de Dios, enséñala a amarrarse las agujetas. Yo lo intenté los cuatro años que fuimos marido y mujer y jamás conseguí aleccionarla. Y dile también que aquí la espera Paloma, nuestra hija, la que a pesar de sus tres años ella sí sabe amarrarse las agujetas, aunque también tiene la pésima afición de sentirse Tarzán cuando sus manecitas alcanzan un badajo.

jueves, octubre 15, 2009

Shakira, mon amour (o apología apasionada a una rubia artificial).



Hace un par de días que tengo en mis garras el nuevo disco de Shakira: She Wolf. Me lo bajé de un link de MediaFire, lo escuché de cabo a rabo y decidí que sí, vale mucho la pena a pesar de mis reticencias iniciales por lo que fue el primer sencillo, She Wolf/Loba. Sí, el tema funciona, pero en lo personal no compraría un disco que suene así en su totalidad. ¡Fiuf!, por fortuna no fue así. Así que envalentonado por ese buen sabor de boca, me atrevo a hacer esta ridícula exposición cuasi ensayística sobre Shakira, esta mujer que desde mis tiempos de secundaria me ha sorprendido muy gratamente.

He de confesar que siempre me ha dado un poco de risa cómo es que la gente, lo que nunca podrá perdonarle a Shakira, es haberse atrevido a sentirse más a gusto consigo misma, con su cuerpo, con su feminidad. Puede seguir escribiendo letras brillantes como “No” o “Your embrace” (de sus discos Fijación Oral 1 y 2), explorar cada vez más sonidos, seguir ejecutando instrumentos y apropiarse de forma más que respetable de otros idiomas (alemán en “Lo imprescindible, francés en “En tus pupilas”) y un sinfín de otras virtudes que la hacen un verdadero músico, pero vamos: ha cometido el pecado mortal de volverse rubia y de mover las caderas.

Tal vez Shakira necesite de volver a ganar unos cuantos kilos y teñirse nuevamente el pelo de negro (porque ese pelo negro “natural” que tantos extrañan de ella en realidad estaba teñido y planchado) para que los que ahora la satanizan y crucifican puedan apreciar la fuerza creativa y el genio musical que se hace evidente en su nuevo trabajo.

Hablemos de “She Wolf”, el disco completo. Al escucharlo por entero me di cuenta de que ocurrió exactamente lo mismo que con Fijación Oral Vol. 1: la gente se creyó que todo el disco tendría ese sabor reggaetonero fácil de “La tortura” que Shakira utilizó como gancho para posicionar su disco como un hit internacional. Y algunos “críticos” no tardaron en lanzársele a la yugular, por haberse atrevido a tocar ese ritmo maldito, por cubrir su cuerpo con aceite, por mover el pecho y hacer escenas sugerentes con Alejandro Sanz. Una vez más, como ha pasado desde ¿Dónde están los ladrones?, no faltaron los lloriqueos y lamentos de “¿qué ha pasado con la vieja Shakira?” “Se ha vendido, la extrañamos”.

Pero después llegó el disco completo, y resultó que NADA más dentro de ese CD sonaba a “La tortura”. Y la crítica internacional señaló a Fijación Oral como un material fino y brillante, donde se sintió la mano de Cerati en dos canciones, donde la Shakira que escribió “Inevitable” encontró un refinamiento superior en canciones como “Obtener un sí”. Y hasta sencillos como “Las de la intuición”, que a pesar de ser una canción pensada en las discotheques, fue reconocida por su impecable producción y por sus sonidos precisos.

Llegó luego Fijación Oral 2. Si bien lo que más se escuchó de este disco fue Hips don’t lie, esa fue una estrategia de la disquera para vender un material que no estaba teniendo la respuesta deseada. ¿La razón? Shakira se atrevió a hacer el disco con más fuerza rock de su historia, sí, mucho más que Pies Descalzos.

Rifts poderosos en “Don’t Bother”, un rock clásico y lleno de alusiones religiosas difíciles de digerir para algunos en “How do you do?” y para cerrar el disco, un tema con sabor disco pero con una letra contundente, la de mayor crítica social que Shakira haya escrito: “Timor”. Los que se atrevan a decir que la Shakira de Pies descalzos era más radical, se engañan al no recordar su letra antiaborto en “Se quiere se mata”. Y la nueva Shakira, la teñida, la satanizada, en Timor se atreve a ironizar:

“It’s alright, it’s alright
Cause the system never fails
The good guys are in power
And the bad guys are in jail”

Y ahora llegó She Wolf. Sí, lancémonos sobre Shakira porque se atrevió a utilizar un leotardo de un color parecido a su piel, por ponerse a bailar dentro de una jaula, porque en una escena del video se mete una uña roja a la boca. Y porque su primer sencillo es ¡qué horror! súper comercial. Sí, extrañemos a esa Shakira que se lamentaba porque tenía que saludar al vecino, acostarse a una hora y trabajar cada día para vivir en la vida.

Pero si van a criticar, señores, háganlo bien. Escuchen el disco completo y ya dirán si es lo que pensaban. No por nada la más dura crítica internacional se ha quitado una vez más el sombrero ante el trabajo que ahora nos entrega esta petit barranquillera. Si no reconocen la energía rock y la acidez lúdica en la letra de “Mon amour”, si no logran ser atrapados por la fusión de sonidos y por la claridad vocal de “Gypsy”, si no encuentran fascinante el electropop de “Men in this Town”, entonces creo que jamás han entendido de qué se trata Shakira.

Ya desde “¿Dónde están los ladrones?” esta mujer se definía a sí misma como una contradicción ambulante y es ahora que esta condición se expresa con mayor evidencia. En la epistemología, nada ha sido tan vapuleado y condenado como el eclecticismo. Y ahora en la música, donde como en toda parcela del arte debería reinar la absoluta libertad creativa, se condena al artista por explorar nuevos derroteros en su arte, pero lo peor: por explorarse a sí mismo.

Usted, amable lector, ¿hubiese concluido que la obra de Dalí apesta, de haber sabido que en algún momento decidió mover las caderas? ¿Le habría perdonado a remedios Varo levantarse un día y declararse loba en celo? Sin ir más lejos: ¿le perdonaría a Cerati, a Sabina, a la finada Mercedes Sosa ponerse peróxido? Ahí queda la pregunta.

Aunque la pregunta real, la de a devis, tendría que ser: ¿qué hago yo defendiendo a Shakira a las 4 de la madrugada teniendo una tesis por escribir? Juar juar. Me largo a dormir.

martes, septiembre 29, 2009

Una mujer




Hay una mujer que me duele. Nos vemos poco, nos hablamos lo estrictamente necesario, hay tierra de por medio y recuerdos añejos que se han ido decantando, hasta quedar un asiento de rivalidades polvosas y mucho cariño líquido suspendido.

Esa mujer estaba (¿está? ojalá lo esté todavía) plena de impulsos creativos, pura música en su voz y en sus manos que intentaron domesticar la guitarra, sin lograr dominarla del todo. No voy a mentir, jamás fue la más dulce, pocas veces tenía palabras afectuosas para mí. Pero las tuvo. Mi incapacidad infantil para entenderla, para comprender sus motivos, sus miedos, el motor de sus actitudes, me hicieron sentir un temprano encono hacia su figura.

Conocí su mundo, su hábitat, por lo que platicaba a la mesa. Animada hablaba de sus amigas, que pasaron de ser nombres vagos a verdaderos personajes de mi vida. Siempre fue intensa. Cuando se enojaba lo hacía bien, contundente, para que no quedara lugar a dudas de sus encabronamientos. Azotaba la puerta.

Con los años se apartó de su vocación musical. Sabedora de la situación difícil que se vivía en casa, incapaz de arriesgar y apostarle a un mundo poco redituable, al que pocos afortunados pueden acceder, se dedicó a asuntos más terrenales. Estudió una carrera, lo hizo bien. Nunca decepcionó a nadie. Se convirtió en una mujer productiva. Y como toda mujer que anda por los senderos de la corrección, sentó cabeza y se casó.

Hoy, cuando la miro, me duele mucho. Me duele no haberla entendido a tiempo, no haber tenido la fuerza para prohibirle matar su genio creativo, no haber sido el que soy ahora e infundirle el valor necesario para echarse a volar. Sé muy bien que casi nunca es demasiado tarde, pero también sé que esas historias donde por un impulso mágico alguien decide que revivirá sus viejas pasiones, pocas veces ocurren en lugares que no sean las pantallas chica y grande.

No tendría problemas con el estilo de vida que adoptó si la viera como una mujer feliz. Hay muchas amas de casa contentas y satisfechas, que irradian la plenitud vivida. Lamentablemente este no es su caso. La miro y siento que observo una estampa a través de un vidrio opaco. Quisiera romper esa pared cristalina, echarla a la basura y enterrarla muy hondo para que jamás se atreviera a volver a eclipsarla. Pero sólo me quedo ahí parado, mirándola cada vez más disminuida en su esencia, e irónicamente, con el cuerpo cada vez más grueso.

Tengo ganas de correr con ella, de motivarla, de emprender juntos la batalla por ganarle a esta vida llena de trampas de arena y expectativas artificiosas. Tengo ganas de decirle que la entiendo, que conmigo no tiene que fingir ni ocultar nada, que puedo ser su amigo a pesar de nuestra complicada historia. Pero me aterra el miedo, me paraliza la idea de que rechace mis intenciones creyéndolas ofensivas.

Hay pocas mujeres a las que quiero con esta fuerza. Si me lees, sabrás de inmediato quién eres. Llámame un día de estos, sentémonos frente a frente, o de lado si quieres, si te incomoda mirarnos. Pero acércate y charlemos como amigos, que yo te adoro, aunque me cueste decirlo, por mi torpeza pueblerina.

sábado, septiembre 19, 2009

:)

FELIZ CUMPLE A MI!

:D

(No tengo "enies" ni acentos, tampoco signos exclamativos ni interrogativos de apertura. Chale.)

Hartas buenas vibras chavales :D

lunes, septiembre 07, 2009

Jajajajajaja

Dios mío... yo no suelo sólo subir videines a este su sacrosanto blog, pero no puedo parar de reir ante lo que sigue, jajajaja.

¡Enjoy it!

martes, septiembre 01, 2009

EL LIPSTICK DE SALINAS Y OTRAS PIEZAS DE TEATRO GUIÑOL

Gente bonita, conocedora y sexy: les comunico que hace ya un par de semanitas comencé una nueva columna, El Fabuloso Defe, en el portal electrónico eldefe.com

Esta es la segunda edición de la misma. A excepción de esta vez, no publicaré lo mismo por acá y por allá, así que a los que tienen a bien leerme y tienen ganas de crónica chilanga y sabrosona, entonces los espero también en el otro terruño.

Los dejo con:

EL LIPSTICK DE SALINAS Y OTRAS PIEZAS DE TEATRO GUIÑOL

Hechos irrefutables de nuestra historia:

1. Carlos Salinas es Satanás.

2. Carlos Salinas es un Satanás afeminado que usa rojo carmesí en los labios.

3. Carlos Salinas es un Satanás afeminado que usa rojo carmesí en los labios, devora niños y apila sus cráneos como trofeos.

¿En qué me baso para formular tan graves aseveraciones?

Mire nomás, amado lector, esta fotito.




Qué tal, ¿eh? Fiu, fiu. Quién viera a Salinas, tan sexy y coquetón.

La imagen que engalana esta humildísima columna (aquí tiene usted su pobre casa, y pásele a lo barrido aunque regado no esté) fue capturada por su servidor y amigo (no seré un gran fotógrafo ni un gran artista, pero ahí pa’ lo que guste cooperar, prefiero hacer esto que salir a robar) en el costado oeste del Palacio de Bellas Artes, de cara a la Alameda Central.

Ya antes en El Defe se había hablado de esta muestra colectiva, que se logró gracias a la participación de la Asociación Civil DATAC en su parte artística, con la anuencia y promoción de la SSP capitalina y su Unidad Grafitti, y con el patrocinio de la empresa de pinturas Comex. Para echarle un ojo al texto y a unas buenas imágenes de la exposición, pínchele acá mero.

Si usted ya tuvo la oportunidad de verla (y si no, lo conmino, lo exhorto, lo invito a que se regrese al link del párrafo de arriba o vaya a mirarla en vivo y a colores), se dará cuenta de que la mayoría de las temáticas es de corte crítico, social: somos artistas urbanos y vamos a tirarle al sistema.

Hasta ahí todo va bien, la mera verdad es que a mí también me encanta la grilla, no por nada estudié en la Facultad de Ciencias Políticas, y el hecho de que se acerque al arte urbano a los exquisitos recintos de la cultura mexicana ya es ganancia.

El primer “pero” llega cuando caemos en la cuenta de que estamos protestando bajo el flamante patrocinio de una marca de pinturas y ahí la puerca empieza a torcer el rabo.

Más cosas: no faltan en los muros los eternos malos, malotes, malísimos de la historia de México: los perversos gachupines invasores. Por supuesto, la luz tiene que brillar y aparecen también los buenísimos, virtuosos, descollantes aztecas. Y digo aztecas porque en la visión prehispánica de estos artistas, existen sólo elementos alusivos a la cultura mexica. ¿Que los mayas qué? ¿olmecas cuándo? ¿zapotecos? ¿qué eso no era una marca de zapatos?

Del lado de los malísimos quedó Salinas. Pues sí, ahí ni para dónde hacerse. Si bien en la versión original del mural nuestro nunca bien ponderado ex presidente no contaba ni con la cornamenta ni con esos los labios tan provocativos (ton’s qué mi rey: a qué hora vas por los bolillos), a posteriori el trabajo fue aderezado hasta que quedó en el que hoy miramos dándole la cara a la Alameda.

Es claro que en nuestro México y en su ombligo, el Defe, nos requete gustan todavía las representaciones de teatro guiñol, con sus lobos feroces y caperucitas. Si bien no puede ignorarse que los españoles que llegaron en labor de conquista eran una bola de sátrapas sanguinarios, no puede negarse que el azteca era un imperio que florecía a través de hacer la guerra a sus pueblos vecinos, someterlos y cobrar tributo. Pero los que fabrican la historia crucifican o ensalzan con facilidad asombrosa, o borran de un plumazo los hechos como si jamás hubiesen ocurrido. Miremos nada más lo que recientemente ocurrió con los libros de texto gratuitos y la supresión del tema de la conquista.

Habrá que pensar qué tan beneficiosas son estas representaciones, que antes que acercarnos a una “verdad histórica” (amén de lo discutible que pueda ser el término), sirven más para sembrar encono social a través de falsas identidades, que a la postre pueden derivar en conductas tan nocivas como la xenofobia. Ay, qué denso se puso esto, y todo por un muro. ¡Caráchola!, diría mi abuelito Pino.

Regresando al mural, hubiera estado bueno ver también alguna imagen de Calderón o de Chelito Ebrard, o ya entrados en gastos uno de Elba Esther Gordillo, para que cuando pasaran las familias después del obligado paseo dominical, la madre tuviera la oportunidad de sentenciar: “si no te acabas el lunch que te pongo, te va a llevar esa señora”. Cuál Coco, cuál Viejo del costal ni qué ocho cuartos. Elba Ester, con todo y su virus AHLNL, es la nueva y más efectiva amenaza contra la rebeldía infantil. Pero ya mejor acá le paro, no vaya a ser que esta mujer (¿?) se encabrite y mueva contra mí sus influencias. ¡Achú!

martes, agosto 18, 2009

In Memoriam

Me tomo la libertad de subir esto, porque sé que él lo hubiera querido así.

Las fotos están ahí. Respeten las señales de velocidad, usen cinturón, no manejen cansados. Al final hay un video que fue tomado esa manaña de viernes: la intención era cronicar desde varios stops en el camino el viaje del DF a Monterrey, viaje que no pudo terminar.

En donde quiera que estés, descansa. En amorosa memoria a mi amigo, compañero y aliado.